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NOTAS DE MI VIDA PERIODISTA
Inicié los estudios sobre divulgación de la ciencia y periodismo científico en 1965, con motivo de la preparación de un Curso Internacional de Perfeccionamiento en Ciencias de la Información Colectiva, en CIESPAL (Centro Internacional de Estudios Superiores de Periodismo para América Latina), con sede en Quito. El texto se imprimió en multicopista y la obra está, con el carácter de agotada, en el catálogo de esta institución.
Pocos años después, hube de seguir acopiando y estructurando materiales para un curso en 1970 en la Universidad de Sao Paulo (Escuela de Comunicaciones) y otro en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, Caracas, 1971. El primero fue traducido al portugués y publicado en ciclostil (Teoría e Técnica do Jornalismo Científico), y el segundo dio lugar a un libro: Periodismo Científico, Caracas, 1971.
Mi participación en la obra colectiva Manual de Periodismo Educativo y Científico (Centro Interamericano para la Producción de Material Educativo y Científico para la Prensa, la primera edición publicada en Bogotá, 1974, y la segunda en Quito, 1976) me siguió forzando a estudiar otros aspectos del fenómeno de la difusión de la ciencia en los medios informativos, en esta ocasión teniendo en cuenta la situación y las necesidades de los países en desarrollo y de modo especial los de América Latina. Hoy pasan de 40 los libros que he publicado sobre estos temas, y el mismo número de vuelo he hechos a América, a lo largo de mi vida, también para hablar o escribir sobre Periodismo Científico.
A partir de aquí, resumo, para no alargar en exceso esta exposición. En 1971 publico Introducción a la Tecnología, Libro de texto para el Curso de Orientación Universitaria, C.O.U. (Anaya); en 1977, Periodismo Científico (Editorial Paraninfo); en 1980, Las utopías del progreso (Editorial Guadarrama), y La crisis de la tecnología (Bruguera); en 1982, Civilización tecnológica e información (Mitre); en 1990, Ciencia y Periodismo (Centro de Estudios para el Fomento de la Investigación, Barcelona) y en 1992, la segunda edición, revisada y actualizada, de Periodismo Científico.
A lo largo de mi vida profesional, y especialmente desde que me inicié en el periodismo científico, he tratado de compartir mi experiencia y la de los autores que manejaba, y también la de amigos y compañeros en coloquios y conversaciones, para tratar de equilibrar esa imposición de formación autodidacta que suele caracterizar a las disciplinas más jóvenes.
Ahora, cuando la jubilación como periodista me concede más tiempo para leer, escribir y enseñar, una buena parte de mi tiempo lo dedico a este afán de ofrecer instrumentos de participación en las tareas de la divulgación de la ciencia a periodistas (especialmente a los más jóvenes), científicos, docentes y cuantas personas puedan sentir la vocación y la emoción de difundir el conocimiento al público, especialmente a su segmento más menesteroso de instrucción actualizada y que carece de los medios y de la formación para hacerse cargo por sí mismo, en solitario, de lo que debe saber sobre esta aventura prodigiosa de la humanidad actual que es la multiplicación infinita y permanente del conocimiento.
Estas personas, y estos grupos sociales, deben integrar el conocimiento en sus mentes y en sus conductas, para no quedarse rezagados, para no automarginarse, para evitar que la cultura y el saber no sean en su caso nuevos elementos de injusticia y de desequilibrio social.
En otras palabras, creo que una difusión generalizada de la ciencia y la tecnología, combinada con una educación planeada con criterios del siglo XXI y no del siglo XIX, como tantas veces viene ocurriendo, puede ser un servicio decisivo para otorgar mayores cuotas de libertad a los ciudadanos de una sociedad democrática.
Gaston Bachelard (La formación del espíritu científico) habla de una pedagogía de la actitud objetiva: quien es instruido debe instruir. Una enseñanza que se recibe sin transmitirla forma espíritus sin dinamismo, sin autocrítica y sobre todo, deja de impartir la experiencia psicológica del error humano. "No hay ciencia sino mediante una escuela permanente", decía, hace más de un cuarto de siglo. Y hoy habría de añadirse que, como entonces, las sociedades modernas no parecen haber integrado de ninguna manera la ciencia en la cultura general. Y ello es mucho más grave en nuestro tiempo, cuando hemos entrado en una sociedad plenamente tecnológica, que tiene su fundamento en el conocimiento científico.
Sobre este tema del error habría de volver, brillante y podríamos decir que definitivamente, Karl Popper, en Conjeturas y refutaciones.
La preocupación fue creciendo y partiendo de mi propio trabajo profesional en la prensa escrita y en la TV, con algunas incursiones en la radio, he tratado de ampliar mi conocimiento de lo que se hace en Europa y América. Ello me ha obligado a estudiar la historia de la divulgación científica y sus problemas actuales en los grandes países de Europa, EEUU e Iberoamérica.
En este trabajo de búsqueda, las asociaciones de periodistas científicos, los centros y asociaciones de investigadores de la comunicación, los escasos estudios desperdigados en bibliotecas, hemerotecas y bases de datos, me han permitido iniciar un estudio que por su propia naturaleza exige ser enriquecido y completado.
Por otra parte, seminarios, cursos, congresos y otros tipos de reuniones y encuentros me han facilitado el acceso a datos sobre el tema, presentados a veces en ponencias no publicadas todavía. He tenido en cuenta documentos procedentes de diversas fuentes: congresos y seminarios iberoamericanos de periodismo científico; estudios de la Organización de Estados Americanos, Convenio Andrés Bello y otras instituciones, y me he beneficiado de conversaciones personales con periodistas y profesores de Comunicación de los respectivos países, y de los pocos trabajos publicados sobre el tema.
Finalmente, largas conversaciones con presidentes de asociaciones de esta especialidad informativa, con investigadores en este campo, joven aún, de la Comunicación Científica Pública, y con los propios divulgadores científicos de diversos países, algunos de ellos viejos amigos, han hecho posible bosquejar este panorama, que aun considerándolo incompleto, podría ser un punto de partida de futuros estudios y análisis, míos o ajenos, sobre un tema que tan necesitado está de atención y clarificación pública.
La relación con estas personas (demasiadas para nombrarlas a todas, por lo cual cito solamente algunas) me ha enseñado, me ha enriquecido, me ha obligado a profundizar, y a reflexionar y me ha deparado algunas de las grandes alegrías de mi vida.
Todo este trabajo de búsqueda, de selección, de resumen, de comparación, lo he visto reflejado posteriormente en un párrafo del historiador francés Georges Duby (La historia continúa, 1991):
Tenía que reunir los resultados del largo trabajo ordenado de manera dispersa por mis predecesores y por mis compañeros de ruta, comparar todas las contribuciones fragmentarias, ordenarlas convenientemente, trazar las perspectivas de trabajo, componer un panorama, etc... y, por supuesto, ofrecer mi propia aportación personal, el fruto de mis reflexiones, las hipótesis que me sugiriesen esas lecturas...




